EL TORRENTE DE AGUA VIVA
Quien no conoce al Espíritu Santo, no conoce a Dios ni conoce a Jesucristo.
Evidentemente que no me refiero a haberlo visto porque el Espíritu Santo es invisible y nadie lo puede ver. Únicamente sabemos de Él a través de su actuación en la historia y en los corazones. Precisamente, por ser espíritu, actúa en el interior de cada persona y también en el interior de la Iglesia.
Para entender todo este trabajo espiritual que realiza en los corazones, los Santos Padres, como lo hizo también Jesús, acuden a muchas comparaciones (viento, fuego, nube, fuerza, agua…). Así por ejemplo, San Cirilo de Jerusalén compara a la Iglesia con un jardín y al Espíritu Santo con el agua.
La comparación del agua se justifica desde muchos puntos de vista. Fue el mismo Jesús quien comparó, en distintos momentos, al Espíritu Santo con la fuerza del agua viva (y es que el agua la necesitamos para todo).
Los científicos buscan agua en los planetas sembrados por el espacio, para poder indagar si allí existe la vida. En nuestra tierra el agua es imprescindible para la hierba, los animales y evidentemente también para el hombre.
Pero lo maravilloso de la comparación es que el agua, siendo siempre igual, produce distintos efectos. Así, por mucha agua que caiga, nunca un peral dará plátanos ni la higuera naranjas.
De una manera similar el Espíritu Santo produce una riqueza tan variada en el espíritu de las distintas personas.
Así vemos cómo algunos pueden entender y enseñar la Palabra de Dios; otros han hecho multitud de milagros a lo largo de la historia de la Iglesia; ha habido quienes han hecho grandes obras materiales para el servicio de los enfermos, de los huérfanos, de los ancianos abandonados, etc. Tampoco han faltado en la Iglesia los predicadores que, proclamando la Palabra de Dios, movieron a la conversión los corazones de los fieles. También encontramos en la Iglesia personas que se dedican de por vida a vivir en la más profunda oración e intimidad con Dios.
Lo maravilloso es que todo esto lo produce el mismo Espíritu Santo.
De ahí que resulte incomprensible cómo a veces surgen envidias y tensiones entre los mismos seguidores de Jesús. En vez de alegrarse por la diversidad de dones que tienen sus hermanos y que redundan en bien de ellos mismos, con frecuencia surgen la envidia, la división y hasta la calumnia.
Nosotros, por nuestra parte, nos alegrémonos de toda esa riqueza que distribuye el Espíritu Santo.
Todavía hay algo muy importante en este actuar del Espíritu Santo y es que todos los dones que Él da a los fieles, son para la edificación de la Iglesia de Jesús.
Esto significa que todos debemos alegrarnos y aprovechar los bienes que reciben nuestros hermanos en la fe.
Qué mal gusto tendría una persona que teniendo un gran jardín únicamente permitiera una clase de plantas. Nuestros ojos se recrean siempre en la variedad. Y esto es lo que hace el Espíritu Santo para embellecer la Iglesia. No olvidemos que la Iglesia es la Esposa de Jesús y que el Espíritu Santo es quien la va preparando para el encuentro con su Esposo.
El día de Pentecostés recordamos el cumplimiento de la promesa de Jesús; el regalo más grande que jamás pudiéramos imaginar: su Espíritu Santo.
Y en ese mismo día se hace pública la realidad maravillosa de la Iglesia que, a partir de entonces, se llamará católica por tener abiertas las puertas para todo el que busque la salvación de Dios en Cristo Jesús.
Terminemos recordando que el mismo nombre que damos a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad nos indica cuánto la necesitamos si queremos verdaderamente ser santos y llegar a la perfección que nos pide Jesús. Pues su nombre encierra toda “espiritualidad” y “santidad”.
José Ignacio Alemany Grau, Obispo